¡Todo les Pertenece!

 

Quienes escudriñamos los tres primeros capítulos de la primera carta a los corintios podemos observar un hilo conductor que une la psicología humana (capítulo 1), la profundidad espiritual (capítulo 2) y la responsabilidad del Reino (capítulo 3).

En el capítulo 1, Pablo confronta el síntoma visible: las divisiones producidas por seguir a hombres. En el capítulo 2, expone la raíz del problema: la manera en que se procesa el mensaje de la cruz, distinguiendo entre la mente carnal y la mente espiritual. Finalmente, en el capítulo 3, presenta su gran exhortación: abandonar la inmadurez para convertirse en santuario de Dios.

El apóstol muestra que solo cuando el creyente deja de mirar a los hombres y permite que la mente de Mashíaj habite en él, queda preparado para administrar el “todo” que le ha sido otorgado. Por eso, al final del capítulo declara:

«Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es de ustedes: ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir; todo es suyo, y ustedes de Cristo, y Cristo de Dios».

Pablo está cerrando su argumento de los tres capítulos, con una afirmación: todo pertenece a los creyentes. La pregunta inevitable es: ¿qué es ese “todo” y a qué creyente pertenece?

Para comprender estas palabras debemos recordar el contexto que conduce a esta conclusión. El apóstol ha mostrado que dentro de la congregación existen dos tipos de creyentes: los espirituales y los carnales.

Dirigiéndose a los carnales, les dice que son como niños, porque aunque llevan tiempo en la congregación, continúan con las mismas costumbres con las que llegaron. Esa niñez espiritual se evidencia en que siguen a hombres en lugar de seguir la Palabra de Dios.

Luego explica esta realidad con la metáfora del edificio: la congregación es una construcción cuyo fundamento es el Mashíaj. Según cómo cada uno edifique sobre ese fundamento, recibirá recompensa o no; pero la salvación no se pierde mientras el fundamento permanezca.

Después, el apóstol plantea una pregunta clave: ¿No saben que ustedes son santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Esta afirmación lleva a cada creyente a examinarse: si es espiritual, su mente es morada de la Mente de Dios; si no lo es, sus pensamientos y sentimientos siguen siendo los mismos que tenía en el mundo, aun después de años en la congregación.

Pablo dirigiéndose a los carnales les advierte: “Nadie se engañe a sí mismo”. No se puede reclamar espiritualidad si aún se exhiben celos, divisiones y contiendas. Ese testimonio revela que se afirma creer en Dios, pero no se vive conforme a Sus mandamientos.

El apóstol exhorta a abandonar la “sabiduría del mundo”, que es necedad ante Dios. Esta necedad no es falta de intelecto, sino la pretensión —tanto griega como judía— de querer un Dios que responda a ofrendas y rituales, esperando que obedezca a los deseos humanos sin someterse a Su voluntad.

La verdadera locura es creer que Dios puede ser manipulado: pensar que con solo creer, asistir a una congregación o tener conocimiento religioso es suficiente para que Él actúe a favor del creyente. Para Pablo, eso es autoengaño; para Dios, es necedad.

Es como si la sabiduría del mundo dijera: “Cree y sigue viviendo igual”. Pero Pablo responde: “Si sigues viviendo igual, te estás engañando”.

Para respaldar su advertencia, cita Job y los Salmos: Dios hace caer a quienes se creen sabios según el mundo, y conoce la vanidad de los pensamientos humanos. Nadie puede engañarlo.

Hasta aquí, Pablo ha distinguido dos condiciones dentro de la congregación: creyentes espirituales y carnales. A los carnales los llama a abandonar la inmadurez y a crecer para edificar correctamente sobre el único fundamento: el Mesías.  Luego se dirige a todos y les recuerda su verdadera identidad: están llamados a ser la morada de Dios. Por eso insiste: no se engañen. La falsa sabiduría debe ser abandonada y la mente transformada.

Es como si dijera: ustedes han salido del mundo, pero ahora deben madurar para convertirse en morada de Dios, dejando atrás el autoengaño de pensar que basta con creer sin vivir conforme a la sabiduría de Dios. 

Con base en todo esto, el apóstol llega a su conclusión: “Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es de ustedes: ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir; todo es suyo, y ustedes de Cristo, y Cristo de Dios

Cuando Pablo afirma que 'todo les pertenece', debemos comprender la naturaleza de ese 'todo'. El apóstol no sugiere que los creyentes ya gobiernan el mundo actual, sino que están destinados a hacerlo por su condición de coherederos con Yeshúa

Esta herencia consiste en las promesas que Dios ha preparado para quienes le aman —realidades que el ojo aún no ha visto ni el oído ha escuchado—. Es un legado que ya ha comenzado en lo espiritual, pero que alcanzará su plenitud física y gubernamental con el regreso de Mashíaj.

Al decir “nadie se jacte en los hombres porque todo es de ustedes”, Pablo enseña que nadie que tenga la mente de Mashíaj debe depositar su fidelidad en la retórica humana, si no exclusivamente en la Palabra de Yeshúa. Los líderes no dominan a la congregación; le pertenecen a ella como parte integral de su herencia, son herramientas puestas al servicio de quienes han sido llamados a heredar el Reino que se establecerá con el regreso del Mesías.

Cuando el apóstol dice que “el mundo, la vida y la muerte” les pertenecen, está ampliando la herencia: no solo los líderes, sino también la realidad que hoy parece amenazarlos queda puesta a su favor. 

Para quienes abandonan el orgullo humano y maduran en la sabiduría de Dios, la perspectiva de como perciben lo que ven y viven, cambia: el mundo deja de ser su hogar definitivo, porque heredarán uno mejor gobernado por Dios; la vida presente se convierte en la oportunidad de prepararse para la vida eterna; y la muerte deja de ser motivo de temor, pues pierde su poder y se transforma en la puerta hacia la restauración.

Por eso Pablo cierra su argumento diciendo que también les pertenece “lo presente y lo por venir”. Con esto el apóstol confirma que la herencia abarca toda la existencia del creyente que es santuario de Dios.

Esto significa que aunque en el presente sufran por líderes humanos, por el sistema de leyes del mundo por una vida frágil y una muerte inevitable, no deben temer ni a ese presente que está por terminar ni mucho menos al futuro que está por comenzar cuando regrese Yeshua, porque todo está bajo el propósito de Dios. 

La enseñanza del argumento de Pablo es que aquello que antes dominaba al creyente pierde su poder cuando tiene la mente de Mashíaj y se reconoce coheredero con Yeshúa. 


Para quien es santuario de Dios, la existencia en este mundo deja de ser un enemigo que lo consume y se convierte en el escenario de su redención. Ni las crisis del presente pueden arrebatarle la paz, ni el porvenir puede intimidarlo, porque en ambos, ya es heredero de la eternidad.

El apóstol cierra su argumento con una frase definitiva: “todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios”. 

Con esta declaración queda sellada la cadena de pertenencia: los creyentes pertenecen a Mashíaj y Mashíaj pertenece a Elohim. Esta unión revela una verdad profunda: si perteneces a Mashíaj —el Elohim Creador por quien y para quien todo fue hecho— tu identidad es la de un coheredero, llamado a participar de la herencia de todo lo que Él creó.

Al decir “todo es de ustedes”, Pablo señala que la herencia de Yeshúa restaura el propósito establecido desde el principio: gobernar, administrar y cuidar la creación (Génesis 1:28). La herencia no es un escape del mundo, sino la restauración del mandato que la humanidad perdió; es el regreso al diseño original.

Por lo tanto, la jactancia en los hombres no tiene sentido. La congregación no vive para buscar seguridad en lo humano, sino para descansar en la certeza de que, en la obra de Dios, al disminuirse como Mesías, se ha legalizado nuestra herencia eterna. Quienes son santuarios de la Mente de Mashíaj ya no son víctimas de las circunstancias; son los administradores de la gloria venidera, la restauración del diseño original.

Conclusión

Ante las preguntas: ¿qué es ese “todo” y a qué creyente pertenece? 

Podemos concluir que el 'Todo' del que habla Pablo es la herencia que ojo no vio ni oído oyó; una realidad preparada para quienes le aman y manifiestan ese amor mediante la obediencia a sus mandamientos. 

Ante la pregunta: “¿a qué creyentes pertenece ese todo?”, la respuesta es que les pertenece, por la obra de Elohim en el cuerpo de Yeshúa, a aquellos que se han convertido en Su morada.

Shalom


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