Muchos creyentes se enfrentan a interrogantes profundos al leer la epístola de Ya’akov (Santiago) a las doce tribus en la dispersión.
Quizás una de las declaraciones más intrigantes es: “También los demonios creen, y tiemblan” (Stg 2:19).
Para desentrañar su significado, debemos analizar el contexto del capítulo 2, donde el apóstol continúa la confrontación iniciada en el capítulo 1, cuestionando los niveles de madurez espiritual en el pueblo de Dios y demostrando que la verdadera fe se evidencia a través de las obras.
El problema para entender la referencia que hace el apóstol a los demonios, radica en que la cultura occidental moderna suele confundir dos conceptos clave: "creer" y "tener fe".
Hoy en día, "creer" en el ambiente religioso, se reduce a aceptar que Dios existe. Por otro lado, la "fe" se interpreta a menudo como una fuerza mental o emocional con la que el ser humano intenta obligar a Dios a cumplir sus deseos, asociándola a una expectativa de que las cosas saldrán como uno quiere, no como Dios las dispone.
Sin embargo, el concepto bíblico es radicalmente distinto. En las Escrituras, la fe no es una fuerza para mover a Dios, sino una acción que Dios provoca en nosotros. La palabra 'fe' fue traducida del hebreo emunah, cuyo significado exacto es fidelidad, constancia, lealtad o firmeza activa ante lo que Dios dice.
Un claro ejemplo de esto lo encontramos en Génesis 15:6: “Y creyó Abram a Hashem, y le fue contado por justicia”. Esto no significa que Abram apenas descubrió que Dios existía, pues él ya caminaba con Él capítulos atrás. Lo que el texto enseña es que Abram actuó en fidelidad y descansó firmemente en la promesa que acababa de recibir: su descendencia sería incontable (Genesis 15:5). Abram tuvo emunah, a pesar de que su mujer no podia tener hijos.
A partir de esa confianza activa, Abram buscó agradar a Dios con sus obras. Aunque el proceso no fue sencillo, su emunah maduró desde ayudar a Lot y a otros hasta su máxima expresión: estar dispuesto a entregar a su propio hijo.
De este ejemplo aprendemos la gran conclusión de Santiago: una emunah sin obras no es verdadera fidelidad; sino simplemente el creer que Dios existe, pero sin la disposición de obedecerle.
El proceso de Abram no fue sencillo, su emunah maduró desde ayudar a Lot y a otros hasta su máxima expresión: estar dispuesto a entregar a su propio hijo. De este ejemplo aprendemos la gran conclusión de Ya'akov: una emunah sin obras no es verdadera fidelidad; sino simplemente el creer que Dios existe, pero sin la disposición de obedecerle.
Con este contexto, podemos abordar la impactante declaración de Ya’akov sobre los demonios. Pero recordemos que el eje del capítulo 2, es que la verdadera emunah se demuestra con hechos.
Para entender el peso de esto, vale la pena preguntarse: ¿Qué hubiera pasado con Abram si no confía en la promesa de Dios? ¿Qué habría sido de él si se niega a poner a su hijo en el altar?
La respuesta es simple: habría seguido llamándose Abram ("padre enaltecido") y jamás se habría transformado en Abraham ("padre de multitudes"), por lo cual nunca se hubiera cumplido la promesa. Su identidad cambió porque su fidelidad se tradujo en obras de obediencia.
Abram no creyó, él puso en práctica lo que escuchó y esa obediencia lo transformo en Abraham.
Antes de confrontarnos con el ejemplo de los demonios, el apóstol plantea el caso hipotético de un hermano que pasa frío y hambre. Frente a él, un creyente supuestamente maduro y con recursos se limita a decirle: “Vaya en paz, caliéntese y sáciese”.
Con estas palabras, Ya'akov utiliza una profunda ironía para desenmascarar la falsa madurez espiritual. El apóstol demuestra que las buenas palabras y los buenos deseos son estériles como Abram, sino están acompañados de acciones concretas, porque no ponen ropa sobre el cuerpo ni alimento en el vientre del hermano necesitado.
A través de este crudo contraste, el apóstol evidencia que ese supuesto hermano maduro en la "fe" jamás ha sido transformado en un "Abraham": su espiritualidad se quedó en solo oír los mandamientos de Dios, pero no ponerlos como tesimonio y por consecuencia, permanece completamente estéril, no da frutos.
La enseñanza es clara: la fidelidad a Dios no consiste en creer y acumular conocimiento bíblico, sino en poner ese conocimiento por obra.
Por eso el apóstol expone el argumento de algunos: “Tú tienes fe (emunah) y yo tengo obras”, exponiendo la contradicción de quienes dicen "creer" en Dios, pero se niegan a obedecer los dos mandamientos que resumen toda la Escritura: amar a Dios y amar al prójimo. Sentencia entonces: “Si tu emunah no se testimonia con obras, está muerta, es esteril”.
Para elevar la exhortación a su punto más alto, Ya’akov lanza el golpe definitivo: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan”.
Con estas palabras el apóstol continua ridiculizando a los que le dicen al hermano necesitado: “Vaya en paz, caliéntese y sáciese”.
Para entender lo que Ya'akov dice sobre los demonios, debemos recordar que ellos fueron arrojados del cielo (Apocalipsis 12:7-12); por lo tanto, conocen la realidad de Dios mejor que cualquier ser humano.
Ellos “creen” en el sentido de que saben perfectamente que Dios existe: no son ateos, no dudan de Su poder, de Su autoridad ni de Su juicio inminente. De allí nace su temblor. Sin embargo, ese conocimiento intelectual no produce en ellos la obediencia a los mandamientos, porque fue precisamente la razón por la que fueron expulsados.
Con esto, Ya'akov lanza un serio desafío a quienes oyen la palabra pero no la ponen por obra. Es como si les dijera: “Ustedes operan bajo la misma lógica que los demonios: creen en Dios, pero se niegan a obedecerle. La diferencia es que ustedes ni siquiera tiemblan ante Su promesa de Juicio”.
Conclusión
Los demonios existen y se cuentan por millones en este mundo —tras haber arrastrado a una tercera parte de los ángeles del Cielo—. Sin embargo, Ya'akov no está escribiendo un tratado sobre ellos; los usa como un espejo para enseñarnos sobre la verdadera emunáh.
Nos demuestra que la fe bíblica no es el concepto humano de un simple conocimieto mental para mover a Dios. La emunáh es la fusión perfecta entre la fidelidad plena en la existencia de un Dios al que no vemos y obedecer con pasión lo que Él nos dejó por escrito.
Solo cuando encarnamos esa verdad, dejamos de ser un "Abram" estéril para transformarnos en un "Abraham" fructifero.
Shalom

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