Introducción
Una de las preguntas que más inquieta a muchos creyentes es: si Yeshúa es Elohim manifestado en carne, ¿por qué oraba al Padre?
Durante siglos se ha enseñado que las oraciones de Yeshúa prueban la existencia de un Padre y un Hijo como dos personas divinas distintas. Sin embargo, esa interpretación merece ser examinada a la luz de la cosmovisión hebrea de las Escrituras.
El propio Yeshúa, cuando le preguntaron cuál era el mayor de todos los mandamientos, respondió citando el Shemá:
Escucha, Israel: YHWH nuestro Dios, YHWH uno (ejad) es.
(Deuteronomio 6:4; Marcos 12:29).
(Marcos 12:32).
El escriba respondió:
Bien, Maestro; verdad has dicho, que uno es Dios y no hay otro fuera de Él.
Para un hebreo, esta confesión no era una doctrina entre muchas, sino el fundamento sobre el cual debía entenderse toda la revelación. Ninguna interpretación de los Evangelios debería romper el ejad proclamado por la Torah.
Por eso, antes de preguntarnos con quién hablaba Yeshúa cuando oraba, debemos formular una pregunta aún más importante:
¿Qué quiso enseñarnos cada vez que oró?
La Biblia nunca presenta las oraciones del Mesías como una explicación de la naturaleza de Dios. Su propósito es otro.
Las oraciones de Yeshúa no fueron dadas para revelar una pluralidad en Elohim; fueron dadas para mostrar cómo el único Elohim, manifestado en condición humana, vivió en perfecta comunión con su voluntad eterna y enseñó al hombre el camino de la obediencia.
La promesa
Desde el principio, Elohim prometió intervenir personalmente para rescatar a la humanidad.
Después de la caída, anunció que la descendencia de la mujer aplastaría la cabeza del Adversario (Génesis 3:15).
Siglos después Isaías anunció:
He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel. (Isaías 7:14).
Emanuel significa «Dios con nosotros».
Más adelante, el mismo profeta describe al Siervo despreciado y rechazado que cargaría con nuestros pecados (Isaías 53).
Pablo explica cómo se cumplió esa promesa:
...siendo en forma de Dios... se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo y hecho semejante a los hombres. (Filipenses 2:6-8).
El Mesías nunca dejó de ser Elohim. Se humilló voluntariamente y asumió plenamente la condición humana.
No utilizó su condición para evitar el sufrimiento. No evitó el cansancio. No evitó el dolor. No evitó la tentación. No evitó la muerte. Vivió exactamente como debía vivir el hombre que Elohim había venido a restaurar.
Si Elohim decidió manifestarse en carne, esa manifestación debía convertirse en el modelo perfecto de la nueva humanidad.
Entonces, ¿por qué oraba?
Porque la oración forma parte del carácter del hombre que vive en comunión con Elohim. Yeshúa no solo enseñó a orar con palabras. Enseñó a orar con su propia vida.
Cada una de sus oraciones revela un aspecto del carácter que vino a formar en sus discípulos y en nosotros.
En Mateo 11 enseña gratitud al reconocer que toda revelación procede de Elohim.
En Juan 11, antes de resucitar a Lázaro, da gracias y luego explica: «Lo dije por causa de la multitud.» Su oración tenía un propósito pedagógico: enseñar a exhibir fidelidad.
En Getsemaní nos muestra que la oración no busca cambiar la voluntad eterna de Elohim, sino formar un corazón capaz de abrazarla. La oración no cambia el propósito de Elohim; transforma al creyente para obedecerlo.
Camino a la cruz anuncia el juicio que vendrá sobre Jerusalén. Luego, ya crucificado, dice: «Padre, afíēmi (perdona) a ellos...». A la luz del contexto, esta oración manifiesta la misericordia divina al conceder un tiempo para el arrepentimiento antes de la ejecución del juicio anunciado.
Finalmente, en Juan 17, sabiendo que pronto volvería a Su Origen, oró por sus discípulos. No está explicando la naturaleza de Dios; está enseñando a la congregación a perseverar unida, santificada y fiel hasta el fin.
Cada oración del Mesías es una escuela de carácter.
El «Padre nuestro»: una escuela de carácter
Los discípulos observaron que la vida de oración de Yeshúa era distinta y le dijeron:
Señor, enséñanos a orar. (Lucas 11:1).
Es significativo lo que no preguntaron. No dijeron: «Enséñanos quién es el Padre.» Ni preguntaron: «Explícanos la naturaleza de Dios.»
Pidieron algo completamente práctico: «Enséñanos a orar.»
La respuesta del Mesías confirma el propósito de este estudio. No explicó cómo está constituido Elohim: si es uno o más de uno. Enseñó cómo debe vivir quien pertenece a su Reino.
Cada frase del «Padre nuestro» forma el carácter del creyente:
- «Santificado sea tu Nombre.» → Reverencia.
- «Venga tu Reino.» → Esperanza.
- «Hágase tu voluntad.» → Obediencia.
- «Danos hoy nuestro pan.» → Dependencia.
- «Perdónanos...» → Humildad.
- «Como también nosotros perdonamos.» → Misericordia.
- «No nos metas en tentación.» → Vigilancia.
- «Líbranos del mal.» → Confianza.
Felipe hizo la misma pregunta que muchos hacen hoy
Después de convivir con Yeshúa durante años, Felipe le dijo:
Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. (Juan 14:8).
La respuesta del Mesías fue inmediata:
«¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.» (Juan 14:9).
La reprensión no consistía en que Felipe desconociera la existencia del Padre.
Consistía en que todavía no había comprendido quién era realmente Aquel que caminaba delante de él.
Yeshúa no respondió: «Te mostraré al Padre.» Ni dijo:«Cuando llegues al cielo, lo conocerás.» Dirigió toda la atención hacia sí mismo:
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
El problema no era la ausencia del Padre. Era la incapacidad de reconocerlo en la manifestación que tenían delante de sus ojos.
¿Por qué muchos no pudieron reconocerlo?
El mayor obstáculo para reconocer al Mesías como Elohim no fue la falta de Escrituras que profetizaran su venida. Fue una expectativa equivocada.
Muchos esperaban que Elohim se manifestara como un rey conquistador que expulsaría a Roma y restauraría inmediatamente el reino de Israel.
Pero las mismas Escrituras anunciaban primero la venida de un Siervo humilde, despreciado y rechazado (Isaías 53), que vendría a cargar el pecado de su pueblo antes de establecer plenamente su Reino.
Muchos no pudieron reconocerlo porque cuando Elohim decidió manifestarse en carne, no apareció revestido del poder político que muchos esperaban.
Se manifestó en humildad. Por eso muchos miraron al hombre de Galilea y no pudieron reconocer al Elohim que habitaba corporalmente en Él.
Así como muchos en el siglo I no reconocieron al Mesías porque esperaban otra clase de manifestación, nosotros también corremos el riesgo de buscar a Dios según nuestras categorías culturales, filosóficas o religiosas, en lugar de permitir que las Escrituras definan cómo Él ha querido revelarse.
¿Qué entendía un hebreo cuando decía «Av»?
Aquí aparece una de las mayores diferencias entre la mentalidad hebrea y la occidental. Para el lector moderno, la palabra Padre suele remitir únicamente a la figura paternal biológica o a un individuo separado.
Sin embargo, el término hebreo Av posee un significado conceptual mucho más amplio: se refiere al origen, la fuente, el principio, el fundador o la cabeza de algo. Cuando a esto se le suma el término arameo Abba, se le añade una dimensión de profunda intimidad, relación y fidelidad.
Yeshúa no utilizaba conceptos griegos ni occidentales. Cuando usaba las palabras Av o Abba, no se estaba dirigiendo a una divinidad externa ni a 'otro Dios', sino invocando a la Fuente misma de la creación. Para la mentalidad hebrea, el Av y su manifestación no son dos dioses ni dos entidades separadas, sino la Plenitud divina expresándose en la corporeidad de Yeshúa.
Por eso, cuando los autores del Nuevo Testamento escribieron en griego para el mundo grecorromano, preservaron la voz original de Yeshúa escribiendo «Abba», y agregaron «Pater» (Marcos 14:36, Romanos 8:15). Mantuvieron el arameo para conservar esa cercanía con el Origen eterno, e incluyeron el griego para que fuera accesible a todos.
Cuando la comunidad hebrea del siglo I escuchaba a Yeshúa o leía a los apóstoles, comprendía que Av o Abba no hacía referencia a una divinidad distinta, sino al Origen eterno del cual Él procedía.
Precisamente allí radicó el choque con quienes lo rechazaron: no podían concebir que la manifestación corporea de ese Origen estuviera presente sin restaurar inmediatamente el reino terrenal de Israel.
Después de la resurrección
Pablo escribe:
Aunque conocimos al Mesías según la carne, ya no lo conocemos así. (2 Corintios 5:16).
La condición humana perteneció a su misión terrenal. Cuando Juan vuelve a verlo en el Apocalipsis, ya no contempla al hombre que caminaba por Galilea.
Lo contempla glorificado. Ante esa gloria cae como muerto. Ahora contempla al Alfa y la Omega. Al Primero y al Último. Al que es. Al que era. Al que ha de venir.
Conclusión
Volvamos a la pregunta inicial: ¿Por qué Yeshúa oraba al Padre?
La respuesta que surge de este estudio es que las oraciones del Mesías nunca tuvieron el propósito de revelar una pluralidad en Elohim.
Su propósito fue mucho más profundo. El único Elohim, al manifestarse en carne, quiso enseñar al hombre cómo vivir delante de Él.
Por eso, cada oración del Mesías constituye una lección de carácter que nos enseña: gratitud,dependencia, obediencia, intercesión, misericordia, perseverancia y comunión con la voluntad eterna.
Cuando los discípulos le pidieron: «Señor, enséñanos a orar», Yeshúa no les explicó la composición de la Deidad; les enseñó una manera de vivir. Cuando Felipe le dijo: «Muéstranos al Padre», Yeshúa no dirigió su mirada hacia otro ser, sino hacia sí mismo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.»
Así, las oraciones del Mesías, la enseñanza del «Padre nuestro» y la respuesta a Felipe convergen en una misma verdad: el propósito de Yeshúa no fue describir cómo está constituido Elohim, sino revelar plenamente al único Elohim y formar en nosotros un carácter semejante al suyo.
El mismo Elohim que prometió venir, vino. El mismo Elohim que se humilló, sufrió. El mismo Elohim que murió, resucitó. El mismo Elohim que ascendió volverá en gloria.
Por eso, cuando leemos las oraciones de Yeshúa, no estamos contemplando simplemente un diálogo entre un padre y un hijo, sino el mayor acto de humildad de la historia: el único Elohim, manifestado en carne, enseñándonos con su propia vida el camino para ser transformados a su imagen.
Y todo ello armoniza con la confesión que el mismo Yeshúa proclamó y jamás contradijo:
Escucha, Israel: YHWH nuestro Dios, YHWH uno (ejad) es.
Shalom
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