Dpn de Lenguas y Hablar en Lenguas

 


    


Muchas congregaciones sostienen que «hablar en lenguas» es la confirmación del bautismo del Espíritu Santo. Sin embargo, como vimos en un estudio anterior (¿Qué es el "Don" de Hablar en Lenguas?), Hechos 2 y la enseñanza de Pablo en 1 Corintios presentan el don de lenguas como la capacidad sobrenatural concedida a algunos creyentes para comunicar el mensaje de Dios en idiomas que no aprendieron naturalmente, con el propósito de ser una  señal para quienes no creen.

Entonces surge una pregunta inevitable:

Si la evidencia bíblica apunta a que el don de lenguas consiste en hablar idiomas, ¿de dónde provienen las manifestaciones de sonidos incomprensibles que muchas iglesias llaman hoy «hablar en lenguas»?

Para responderla debemos hacer un breve recorrido histórico y examinar cómo surgió esta práctica en el movimiento pentecostal moderno.

El Origen

El fenómeno moderno comenzó a tomar forma a comienzos del siglo XX, alrededor de Charles Parham, un predicador vinculado al movimiento de Santidad (Holiness).

En aquella época existía gran interés por identificar una evidencia objetiva de que una persona había recibido el bautismo del Espíritu Santo. Parham abrió el Colegio Bíblico Bethel, en Topeka, Kansas, y pidió a sus estudiantes que estudiaran el libro de Hechos para descubrir cuál era la evidencia común que acompañaba la recepción del Espíritu.

Los estudiantes llegaron a la conclusión de que hablar en lenguas constituía la evidencia física inicial del bautismo del Espíritu Santo. En enero de 1901, Agnes Ozman, una de las estudiantes, pidió a Parham que orara por ella y le impusiera las manos para recibir esa experiencia.

Según los relatos de la época, Ozman comenzó a hablar en sonidos que los presentes no podían comprender. El acontecimiento fue interpretado inicialmente como una manifestación sobrenatural de un idioma extranjero. Parham adoptó esta interpretación y llegó a sostener que quienes recibían el bautismo del Espíritu podían hablar sobrenaturalmente idiomas humanos que nunca habían aprendido.

La expectativa llegó incluso al ámbito misionero. Algunos seguidores fueron enviados a otros países esperando que el Espíritu les permitiera hablar las lenguas locales sin haberlas estudiado. Sin embargo, al encontrarse con hablantes nativos, descubrieron que sus expresiones no eran comprendidas como idiomas humanos.

Aquí aparece un problema fundamental.

Si la experiencia no correspondía a un idioma humano reconocible, ¿cómo podía identificarse con el don de idiomas de Hechos 2?

La respuesta fue modificándose progresivamente. Lo que originalmente se había entendido como la capacidad sobrenatural para hablar idiomas extranjeros comenzó a interpretarse como una forma de glosolalia, es decir, una expresión vocal formada por sonidos o sílabas que no corresponden necesariamente a un idioma humano identificable. 

La evolución del movimiento

En 1905, Parham abrió otra escuela bíblica en Houston, Texas. Allí estudió William J. Seymour, un predicador afroamericano que recibió la enseñanza de que hablar en lenguas era la evidencia del bautismo del Espíritu Santo.

Posteriormente, Seymour llevó esta enseñanza a Los Ángeles. Al llegar y predicar que el hablar en lenguas era la señal de la presencia del Espíritu Santo, fue rechazado por la congregación. La doctrina de esta iglesia sostenía que el bautismo del Espíritu estaba ligado a la santificación y no exigía hablar en lenguas. Tras ser expulsado y ver cómo cerraban las puertas de la iglesia con candado, Seymour continuó reuniéndose con un pequeño grupo de creyentes en una casa de la calle Bonnie Brae.

El 9 de abril de 1906, ocurrió allí un suceso decisivo para el futuro del movimiento. Edward Lee, amigo de Seymour, comenzó a hablar en sonidos incomprensibles tras recibir la imposición de manos por parte de este.

Poco después otras personas experimentaron manifestaciones similares. Los relatos describen llanto, gritos, postraciones, temblores y expresiones vocales que los participantes interpretaron como evidencia del derramamiento del Espíritu Santo.

Poco después comenzó el famoso avivamiento de la calle Azusa, que se convertiría en uno de los principales centros de expansión del pentecostalismo moderno.

Curiosamente, el propio Parham terminó rechazando muchas de las manifestaciones que se producían allí, considerándolas excesivas y desordenadas. Seymour, por su parte, continuó independientemente y la Misión de la calle Azusa se convirtió en uno de los principales focos desde los cuales estas prácticas se extendieron por diferentes países.

Así, lo que comenzó como una interpretación particular de Hechos 2, acerca de la evidencia del bautismo del Espíritu, terminó convirtiéndose en una característica central del movimiento pentecostal.

¿Qué produjo las manifestaciones?

Aquí debemos hacer una distinción importante.

No podemos afirmar simplemente que cada persona que experimenta estas manifestaciones está fingiendo, ni tampoco que toda experiencia religiosa intensa sea necesariamente producto de una manipulación consciente. Lo que sí podemos analizar es el ambiente en el que estas manifestaciones se desarrollaron y se transmitieron.

Los primeros cultos de la calle Azusa se caracterizaron por reuniones prolongadas, oración colectiva intensa, música, gritos, movimientos corporales y una fuerte participación emocional de la multitud. En ese ambiente, las personas estaban expuestas durante largos períodos en los que eran atraídas a comportarse de forma similar a la de quienes las rodeaban.

En esas condiciones puede producirse un fenómeno de sugestión y contagio colectivo: una persona observa que otros creyentes manifiestan determinado comportamiento, lo interpreta como evidencia de la presencia de Dios y, bajo una intensa expectativa religiosa y emocional, puede reproducirlo o experimentarlo personalmente.

Esto ayuda a comprender cómo una manifestación inicialmente asociada con unos pocos individuos pudo convertirse en una práctica característica de todo un movimiento.

Pero aquí debemos volver a la Escritura.

Pablo no presenta la obra del Espíritu como una pérdida del dominio propio. Al contrario, después de dedicar tres capítulos a corregir los desórdenes de Corinto, establece un principio inequívoco:

Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas; pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz (1 Co 14:32-33).

Y concluye:

Hágase todo decentemente y con orden (1 Co 14:40).

Por tanto, aunque una experiencia religiosa pueda ser intensa, la intensidad emocional no constituye por sí misma una evidencia de que provenga del Ruaj HaKodesh.

Dos fenómenos diferentes

Llegados a este punto, podemos establecer una diferencia fundamental.

El don bíblico de idiomas comunica las maravillas de Dios en idiomas reales, que pueden ser comprendidos por quien está hablando y por quienes conocen esas lenguas. Cuando nadie en la congregación conoce el idioma, debe existir un intérprete.

En cambio, la manifestación moderna de «hablar en lenguas» consiste en vocalizaciones que no corresponden necesariamente a un idioma humano identificable y cuyo contenido tampoco es conocido por quien las pronuncia.

Al no poder sostener que estas manifestaciones corresponden a idiomas comprensibles como los de Hechos 2, algunos pentecostales recurrieron a 1 Corintios 13:1 para afirmar que Pablo enseñaba la existencia de un supuesto lenguaje angelical utilizado por los creyentes.

Con esta interpretación, los del movimiento torcieron lo que Pablo realmente está diciendo. Pablo utiliza la expresión «lenguas humanas y angélicas» como una hipótesis extrema dentro de su argumento; no está describiendo un don espiritual ni enseñando que los creyentes hablen idiomas de los ángeles.

Del mismo modo, cuando afirma que quien habla en lengua «habla misterios» (1 Co 14:2), Pablo no está diciendo que el hablante conozca conscientemente un lenguaje celestial. Está señalando que, quien habla en su idioma natal entiende en su mente lo que está diciendo, pero la congregación no, porque sin interpretación, lo que dice permanece como un misterio para quienes escuchan.

Por eso, la manifestación moderna de hablar en lenguas no puede justificarse simplemente afirmando que se trata de un «idioma celestial» que el hablante comprende pero los demás no, porque ni siquiera quien lo pronuncia conoce el significado de los sonidos que salen de su boca.

Conclusión

Entonces, ¿de dónde provienen las manifestaciones de sonidos incomprensibles que muchas iglesias llaman hoy «hablar en lenguas»?

Históricamente, no corresponden al don de idiomas descrito en Hechos y 1 Corintios, sino a una manifestación surgida a comienzos del siglo XX dentro del movimiento pentecostal moderno y posteriormente difundida a través del avivamiento de la calle Azusa.

El don bíblico consiste en comunicar las maravillas de Dios mediante idiomas reales que el hablante no aprendió, mientras que la manifestación moderna de hablar lenguas consiste en vocalizaciones incomprensibles que no corresponden necesariamente a un idioma identificable.

Por tanto, no debemos llamar bíblicamente «don de lenguas» a una manifestación que no corresponde al patrón establecido por la Escritura.

Shalom





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