El hablar en lenguas es un tema que divide a muchas congregaciones. Mientras algunos sostienen que se trata de la confirmación del bautismo del Ruaj HaKodesh (Espíritu Santo), otros consideran que las manifestaciones actuales llamadas «lenguas» no corresponden a la enseñanza bíblica. De aquí surge la pregunta central de este estudio: ¿qué es realmente el don bíblico de hablar en lenguas?
La controversia se relaciona principalmente con 1 Corintios 12–14, donde Pablo responde a las inquietudes de la congregación acerca de los dones espirituales. Antes de explicarlos, establece un principio fundamental:
Nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: Yeshúa es anatema (1 Co 12:3)
Este principio cobra especial importancia dentro del contexto religioso del mundo grecorromano. En aquel ambiente eran conocidas las experiencias extáticas y las manifestaciones oraculares en las que sacerdotes o videntes pronunciaban expresiones que debían ser interpretadas.
La verdadera obra del Espíritu siempre reconoce a Yeshúa como Señor y busca la edificación del cuerpo del Mesías. Por eso Pablo explica que existe diversidad de dones, pero un mismo Espíritu que los distribuye según Su voluntad.
¿Qué significa «géneros de lenguas»?
Entre los dones mencionados por Pablo aparece:
A otro, géneros de lenguas (1 Co 12:10).
En griego, genē glōssōn. Genē significa clases, tipos o categorías, mientras glōssōn es el plural de glōssa, «lengua» o «idioma». La expresión señala, por tanto, diversidad de lenguas o idiomas.
Esto es importante porque el término no describe necesariamente sonidos incomprensibles producidos durante un estado de éxtasis. En la Escritura, glōssa puede referirse tanto al órgano de la lengua como a un idioma hablado por un pueblo o nación. El contexto debe determinar su significado.
El modelo de Hechos 2
El ejemplo más claro del don aparece en la Fiesta de Shavuot, cuando los discípulos fueron llenos del Ruaj HaKodesh:
Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas (Hch 2:4).
Lucas explica inmediatamente qué significa esto. Los judíos y prosélitos reunidos en Jerusalén procedían de diferentes regiones y cada uno decía:
Les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios (Hch2:11).
El texto menciona partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, Roma, Creta y Arabia.
El énfasis de Lucas es evidente: personas de diferentes pueblos escucharon el mensaje de Dios en sus propios idiomas.
Por eso, el modelo bíblico presentado en Hechos 2 es comunicativo: el Ruaj HaKodesh capacitó sobrenaturalmente a los discípulos para anunciar las maravillas de Dios en idiomas que ellos no habían aprendido previamente.
El propósito del don dentro de la congregación
Años después, Pablo tuvo que corregir el uso desordenado de los dones en Corinto. Su principio fundamental era que ningún don debía convertirse en una exhibición personal; todos debían contribuir a la edificación del cuerpo.
Por eso declara:
El que habla en lengua extraña, si no hay quien interprete, no edifica a la congregación (1 Co 14:4).
El problema no era hablar en otro idioma, sino hacerlo cuando nadie podía entenderlo. Por esa razón Pablo establece:
Si no hay intérprete, calle en la iglesia (1 Co 14:28).
La interpretación hacía posible que la congregación recibiera el contenido del mensaje. Sin ella, el idioma extranjero no producía edificación.
De ahí que Pablo considere superior la profecía cuando se compara con hablar en una lengua que nadie entiende, porque la profecía comunica directamente a la congregación «para edificación, exhortación y consolación» (1 Co 14:3).
Incluso Pablo se pone como ejemplo:
Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros; pero en la congregación prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida (1 Co 14:18-19).
Pablo no está despreciando el don. Está estableciendo una prioridad: en la congregación, lo que se entiende y edifica tiene mayor valor que aquello que no puede ser comprendido.
Su propio ministerio apostólico entre diferentes pueblos hace razonable pensar que utilizaba diversos idiomas. Sabemos que se desenvolvía en el mundo judío y grecorromano y que podía comunicarse en más de una lengua. Sin embargo, el punto principal de Pablo no es demostrar cuántos idiomas conocía, sino mostrar que el valor de las lenguas está en su capacidad de comunicar, no en producir una experiencia incomprensible.
Las lenguas como señal
Pablo continúa explicando el propósito de las lenguas citando al profeta Isaías:
En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor (1 Co 14:21; Is 28:11).
En Isaías, Dios advierte a Judá que se ha negado a escuchar Su palabra. Los idiomas extranjeros aparecen como señal de juicio: Dios hablará mediante pueblos cuya lengua Israel no comprende, y aun así el pueblo no escuchará.
Pablo toma ese principio profético y lo aplica a las lenguas:
Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos (1 Co 14:22).
Esto demuestra que el don no fue establecido como una señal obligatoria de madurez espiritual ni como evidencia universal del bautismo del Ruaj HaKodesh. Es un don específico con un propósito específico.
Shavuot proporciona el ejemplo más claro. Personas procedentes de muchas naciones escucharon las maravillas de Dios en sus propios idiomas y fueron confrontadas con el mensaje acerca de Yeshúa HaMashíaj. Como resultado, aquel día se añadieron unas tres mil personas (Hch 2:41).
Cuando ese don aparece dentro de la congregación, debe someterse al principio general de Pablo: si nadie entiende el idioma, debe haber interpretación; de lo contrario, debe guardarse silencio.
¿Es obligatorio hablar en lenguas para tener el Espíritu Santo?
La respuesta bíblica es no.
Pablo pregunta:
¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidades? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos? (1 Co 12:29-30).
La respuesta implícita es evidentemente no. El Ruaj HaKodesh distribuye los dones según Su voluntad, por lo que ningún don particular puede convertirse en requisito universal para demostrar que una persona posee el Espíritu.
Además, Pablo distingue claramente entre los dones y el fruto del Espíritu. Los dones son capacidades concedidas para servir al cuerpo; el fruto manifiesta el carácter producido por la obra del Espíritu en la vida del creyente:
Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza (Gá 5:22-23).
Por eso, un don no constituye por sí mismo una prueba de madurez espiritual. Una persona puede poseer un don y, al mismo tiempo, necesitar corrección en la manera de utilizarlo. Precisamente eso estaba ocurriendo en Corinto.
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