1. Introducción
A
unque muchos lectores del libro de la Revelación de Yeshúa (Apocalipsis), no lo notan, los capítulos 10 y 11 de Apocalipsis constituyen un solo paréntesis teológico y profético, ubicado estratégicamente entre la sexta y la séptima trompeta. En el capítulo 10, Yeshúa aparece como el Mensajero poderoso que realiza la última convocatoria, no ya mediante trompetas, sino por medio de Su propia autoridad, expresada en el rugido del León y delegada en los que comen el librito . El capítulo 11 muestra el resultado vivo de esa última convocatoria: el surgimiento de los dos testigos.
unque muchos lectores del libro de la Revelación de Yeshúa (Apocalipsis), no lo notan, los capítulos 10 y 11 de Apocalipsis constituyen un solo paréntesis teológico y profético, ubicado estratégicamente entre la sexta y la séptima trompeta. En el capítulo 10, Yeshúa aparece como el Mensajero poderoso que realiza la última convocatoria, no ya mediante trompetas, sino por medio de Su propia autoridad, expresada en el rugido del León y delegada en los que comen el librito . El capítulo 11 muestra el resultado vivo de esa última convocatoria: el surgimiento de los dos testigos.
Los siete truenos del capítulo 10 representan una plenitud de congregaciones que escucharon y aceptaron el llamado de las seis trompetas y corrieron hacia la Puerta. Al “comer el librito”, estos truenos internalizan la Palabra y reciben autoridad para continuar la convocatoria. Esa plenitud de congregaciones es la que da vida al testimonio de los dos testigos en el capítulo 11. Así, los siete truenos no son un símbolo aislado, sino la fuente desde la cual emerge el testimonio congregacional final.
En Apocalipsis 11, este testimonio se presenta bajo la figura de los dos testigos, descritos como profetas. Lejos de referirse a dos individuos literales, el lenguaje es simbólico y corporativo, coherente con todo el libro de Apocalipsis. Conforme al principio bíblico de que “por boca de dos testigos se confirmará todo asunto” (Dt 19:15), Dios establece un testimonio legal y espiritual pleno en el Tiempo del Fin. Los dos testigos representan a los dos olivos: el remanente judío y el remanente gentil, unidos en un solo propósito y autorizados por Yeshúa para continuar Su último llamado.
De este modo, la convocatoria que comenzó con trompetas culmina en testimonio. Ya no se trata de sonidos celestiales, sino de vidas que encarnan la Palabra. Los dos testigos son la expresión visible del llamado final de Yeshúa: una proclamación viva que separa el trigo de la cizaña y prepara el escenario para la séptima trompeta, en la cual el Reino será finalmente manifestado.
2. La medición del templo
En continuidad directa con el propósito de las trompetas, Apocalipsis 11 comienza con una orden clara a Juan: “Levántate y mide el templo de Dios, el altar y a los que adoran en él” (Apoc. 11:1). Esta instrucción no introduce un nuevo tema, sino que da forma concreta al objetivo de las convocatorias previas: separar a los que corrieron a la Puerta (Yeshúa) de aquellos que se rehusaron a responder al llamado.
La medición no se refiere a un edificio físico, sino a un acto de jurisdicción y consagración a Dios. Medir implica definir, bajo el estándar divino, quiénes constituyen el verdadero Templo: aquellos que son morada del Ruaj HaKodesh(1 Co 3:16). Este acto establece una frontera legal entre el remanente fiel y quienes, aunque permanecen en el ámbito religioso, pertenecen al "patio exterior".
Juan, investido como testigo autorizado, ejecuta esta separación para distinguir entre la esencia y la forma; entre quienes han respondido genuinamente a la convocatoria y quienes solo ocupan un espacio externo. Esta delimitación anticipa la sentencia final: aquellos que voluntariamente quedan fuera de la medición son los mismos que, por su persistencia en lo inmoral e idólatra, quedarán fuera de la Ciudad Santa (Ap. 22:15).
El texto aclara que el patio exterior no debe ser medido, porque ha sido entregado a las naciones (Apoc. 11:2). Esto no significa ausencia total de testimonio, sino que quienes quedan en el patio —congregaciones judías y cristianas que no corrieron a la Puerta— se convertirán junto con los gentiles de las naciones en los agentes del pisoteo contra la ciudad santa. La ciudad santa simboliza a la congregación fiel del Mashíaj, formada por el remanente judío y el remanente gentil que sí respondió al llamado.
Este pisoteo de cuarenta y dos meses es la expresión tangible de la amargura anunciada en el capítulo 10. Aquellos excluidos de la medición del Templo conforman la Bestia de la Tierra: un sistema religioso (tanto judío como gentil) que desata la mayor oposición y humillación contra los verdaderos testigos en sus respectivos entornos. De este modo, el patio exterior no solo queda fuera del diseño divino, sino que se convierte en el escenario donde la fidelidad del remanente es probada y refinada.
De este modo, Apocalipsis 11 revela que la separación que comenzó con las trompetas (Cap.8-9) culmina en la medición: unos son definidos como templo y otros como patio. Esta distinción prepara el escenario para el ministerio de los dos testigos, cuyo testimonio no solo convoca, sino que manifiesta quién pertenece realmente al pueblo de Dios, y quién, aun estando cerca, se convierte en instrumento de aflicción para los fieles.
3. La autoridad del testimonio
Una vez que el templo ha sido medido y se ha establecido la separación entre templo y patio, Apocalipsis 11 muestra el siguiente paso lógico: la delegación de autoridad para testificar. Yeshúa declara: “Daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos sesenta días” (Apoc. 11:3). Esta concesión de autoridad conecta directamente con los siete truenos del capítulo 10, quienes, tras haber comido el librito, pasan a ser voceros autorizados de la Palabra durante un tiempo definido.
Vestidos de cilicio, los dos testigos ejercen un ministerio de arrepentimiento y confrontación contra los sistemas religioso y mundano. Durante los 1,260 días, la plenitud de las congregaciones (los siete truenos) se manifiesta como dos olivos y dos candeleros: el remanente judío y gentil. El simbolismo es vital: los olivos proveen el aceite del Ruaj HaKodesh para que las lámparas (congregaciones) perseveren alumbrando. Son ramas (congregaciones) distintas, pero unidas por un mismo Espíritu en un solo testimonio final.
El texto afirma que “si alguno quiere dañarlos, sale fuego de su boca y devora a sus enemigos” (Apoc. 11:5). Este lenguaje no describe violencia física, sino un poder judicial del testimonio. El fuego que sale de su boca simboliza la Palabra proclamada, que en el día del juicio se levantará como testimonio de condenación contra quienes rechazaron, persiguieron y pisotearon a los testigos (cf. Jer. 5:14; Jn. 12:48). No son los testigos quienes ejecutan el juicio, sino que su testimonio queda registrado como evidencia irrefutable.
La autoridad de los dos testigos se describe además con imágenes tomadas de Moisés y Elías. Como Moisés, tienen poder para convertir el agua en sangre; como Elías, para cerrar el cielo y que no llueva durante el tiempo de su profecía (Apoc. 11:6). Estas señales no deben entenderse como prodigios literales, sino como símbolos del peso de la Torá y los Profetas. Transformar el agua en sangre alude a la Torá que revela vida o muerte según la obediencia; cerrar el cielo simboliza la retención de la lluvia, es decir, de la bendición y del favor divino.
Así, el ministerio de los dos testigos consiste en discernir, por medio del testimonio, quién puede recibir la lluvia —la bendición de participar del Reino— y quién, por su comportamiento, queda expuesto al juicio. Durante los 1,260 días, su palabra separa, confirma y deja constancia legal delante del cielo y de la tierra, preparando el escenario para la consumación que seguirá.
4. La muerte del testimonio y la celebración del sistema
Apocalipsis 11:7 marca un punto de quiebre decisivo: “Cuando hayan acabado su testimonio”. Esto es fundamental. La acción del Dragón con sus dos bestias no ocurre mientras los testigos están profetizando, sino una vez que su testimonio ha sido completado. Es decir, cuando ya no queda nada más que decir, cuando la Palabra ha sido anunciada plenamente y ha dejado constancia legal delante del cielo.
Entonces “la bestia que sube del abismo” (el Dragón) hace guerra contra ellos. La guerra del Dragón no representa un ataque físico contra individuos, sino su reacción a través de los sistemas (bestias) que él ha creado:Bestia del Mar (leyes del mundo), Bestia de la Tierra (leyes religiosas), contra la voz profética que expone la mentira de sus “bestias”. Al no poder refutar el testimonio, las dos bestias optan por silenciarlo, declarando su muerte. Matar a los dos testigos significa invalidar públicamente su mensaje, desacreditarlo y expulsarlo de la vida publica (Apoc.13).
Sus cuerpos yacen en la plaza de la "grande ciudad", llamada simbólicamente Sodoma y Egipto (Apoc. 11:8). Este lenguaje no es literal, sino que describe al sistema humano organizado bajo dos fuerzas: Sodoma, la corrupción moral del mundo, y Egipto, la esclavitud de la idolatría en las congregaciones.
Al señalar que allí "también nuestro Señor fue crucificado", el texto establece un paralelismo directo: fue este mismo sistema el que condujo a la crucifixión de Yeshúa para silenciar Su Verdad (Hechos 4.27-28). En el tiempo del fin, este patrón se repite: la Bestia del Mar (corrupción moral) y la Bestia de la Tierra (esclavitud idólatra) se unen bajo el poder de HaSatan (Dragón) para intentar aniquilar y silenciar mediante leyes, una vez más la Verdad, el testimonio de los dos testigos (Apoc.13.9).
El hecho de que “no permitan que sus cuerpos sean sepultados” simboliza el desprecio que el sistema inmoral e idólatra tiene por los que testifican la Verdad. No se trata de cuerpos físicos sino de cuerpos espirituales: congregaciones de Mashiaj que no solo serán silenciadas públicamente con leyes, sino que sus testimonio serán motivo de burlas al ser expuesto como una reliquia derrotada y obsoleta. Durante tres días y medio —un tiempo incompleto y bajo restricción divina—, las dos bestias contemplan este aparente triunfo del mal.
La reacción de los “moradores de la tierra” (las congregaciones apóstatas) revela su verdadera condición: se regocijan y se envían regalos (Apoc. 11:10). Esto es un simbolismo de la euforia de la bestia de la tierra, no por la muerte de individuos, sino por el fin del tormento que les causaba el testimonio de los dos testigos. Dicho tormento no fue violencia física, sino la convicción de pecado producida por la Palabra. La Verdad de Yeshúa los incomodó, los confrontó y los dejó sin excusa ante su sistema de mentiras. Por eso, cuando el testimonio es silenciado, el sistema de la bestia de la tierra experimenta una falsa paz y seguridad (1 Tes.5:3).
Las congregaciones apóstatas, como lo describe el apóstol Shaúl en 2 Tesalonicenses 2, establecen su sistema de anomía (“no torah"), con el cual los líderes religiosos se oponen y se exaltan sobre todo como si fueran dioses, de manera que se establecen en el templo, es decir, en la mente de los que los escuchan para que persigan y silencien a los que testimonian la Verdad.
Así, Apocalipsis 11:7–10 revela que el mundo no odia a los testigos por lo que hacen, sino por lo que dicen y representan. La muerte (el silencio) de los dos testigos simboliza el intento final del sistema de “anomia” por declarar que la verdad ha sido derrotada, que la convocatoria terminó y que la “Puerta” ya no importa. Sin embargo, esta celebración es prematura, porque prepara el escenario para la vindicación divina que sigue inmediatamente.
5. La vindicación del testimonio y el temor del sistema
Tras tres días y medio —un tiempo incompleto que subraya que la victoria del sistema es limitada y temporal—, “el espíritu de vida enviado por Dios entró en ellos” (Apoc. 11:11). Esta expresión no describe una simple reanimación física, sino la restauración pública y poderosa de la plenitud de las congregaciones de Mashíaj.
Aquellos siete truenos y dos olivos, cuyo testimonio el sistema creyó haber silenciado, son vindicados por Dios. Yeshúa, quien los autorizó originalmente como Sus emisarios, ahora los levanta con autoridad ante la vista de todos para la entrega final de su testimonio. Esta resurrección marca el fracaso definitivo de las bestias y el preludio al toque de la séptima trompeta.
El resultado es inmediato: “se pusieron sobre sus pies, y cayó gran temor sobre los que los vieron” (Apoc. 11:11). Aquellos que antes celebraban, ahora tiemblan. Este temor no nace de una amenaza física, sino de la evidencia irrefutable de la verdad: la convocatoria que los testigos proclamaron durante 1,260 días no era una opinión humana, sino el testimonio legal que ahora los condena. La "paz y seguridad" del sistema se transforma en terror al comprender que el Reino que intentaron silenciar es invencible.
Posteriormente, los testigos oyen “una gran voz del cielo que les decía: Subid acá” (Apoc. 11:12). Esta escena representa la culminación profética de la enseñanza de Shaúl en 1 Corintios 15:50–52. Allí se establece que la "carne y la sangre" —representada por aquellos en el patio exterior que no fueron medidos— no pueden heredar el Reino, pues lo corruptible no hereda la incorrupción.
Sin embargo, aquellos que fueron medidos como Templo, incluyendo a los que han muerto en el testimonio, experimentan la metamorfosis definitiva. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, son revestidos de incorruptibilidad justo antes del sonido de la séptima y final trompeta. El ascenso en la nube no es solo un cambio de lugar, sino un cambio de naturaleza: el paso del testimonio sufriente en la carne a la autoridad glorificada del Reino.
Juan describe el acto profético y Pablo explica su naturaleza: la resurrección y transformación de los dos olivos. Aquellos que testificaron como candeleros y fueron silenciados temporalmente, ahora ascienden ante la vista de todo ojo. Este ascenso en la nube simboliza la transición a la incorruptibilidad, preparando el escenario para la reunión definitiva de los dos testigos con Yeshúa a la final trompeta.
Mientras el mundo observa la transición a la incorruptibilidad de los testigos, ocurre un gran terremoto que derriba la décima parte de la ciudad (Apoc. 11:13). Este fenómeno simboliza una conmoción estructural: aquello que el sistema consideraba inamovible —su andamiaje moral, político y religioso— es sacudido hasta sus cimientos.
Este juicio es de naturaleza quirúrgica y se enfoca en la muerte de los "siete mil nombres de hombres" (onómata anthrópon). Esta cifra no es al azar; representa la plenitud de un liderazgo humano con estatus y autoridad. Son los "árboles arrogantes" denunciados por los profetas (Is. 2:12-13, Zac. 11:2, Ez. 31:10-14): cedros y encinas que se sostuvieron en oposición a la verdad y que, desde las cúpulas de la "Gran Ciudad" (inmoralidad e idolatría), mantuvieron engañada a la masa.
La caída de este 10% es una muestra del amor entrañable de Yeshúa. En lugar de una destrucción total, Él ejecuta un juicio preciso y selectivo para demostrar que el sistema entero está bajo Su jurisdicción. Al golpear a los líderes que personifican la corrupción e idolatría, Dios expone la debilidad de los "árboles" que daban sombra al engaño.
Ante este colapso, “los demás se aterrorizaron y dieron gloria al Dios del cielo” (Apoc. 11:13). Este grupo representa el 90% restante simbolizados bíblicamente como la hierba (Is. 40:7s). Al presenciar la caída de sus "árboles arrogantes", esta multitud experimenta una sacudida que los obliga a reconocer la realidad: el poder soberano no pertenecía al Dragón ni a sus bestias, sino exclusivamente a Dios.
Sin embargo, este reconocimiento no equivale a un arrepentimiento genuino que transforme el corazón. Como se revelará más adelante, muchos de ellos terminarán por blasfemar el nombre de Dios ante las plagas subsiguientes (Apoc. 16:21). Su "gloria a Dios" es la confesión forzada de quienes han quedado sin argumentos ante la evidencia, marcando así el fin del segundo "ay" y despejando el camino legal para el sonido de la séptima trompeta.
Conclusión – El testimonio sellado y el juicio confirmado
Apocalipsis 10 y 11 representan el último acto deerá misericordia divina. Aquellos llamados a formar parte de los dos testigos deben asimilar dulcemente el “librito”, conscientes de que, una vez que la Verdad se haga parte de su ser, sus vidas seran samargadas por las bestias de HaSaran. Sin embargo, esta amargura es sostenida por una certeza legal: quienes han sido medidos como Templo poseen la seguridad de que su testimonio prevalecerá frente a quienes intenten dañarlos.
Dios no envía a Su pueblo sin cobertura jurídica. Él los mide, los identifica y los levanta bajo la legalidad del testimonio de dos, para que su proclamación sea irrefutable. Al final, no es la fuerza física la que vence, sino la fidelidad del testimonio, y la respuesta del mundo a ese testimonio —aceptación o rechazo— determina de manera irrevocable el destino de congregaciones y naciones engañadas ante el tribunal del cielo.
Cuando suena la séptima trompeta, no se inicia un nuevo proceso, sino que se ratifica una decisión ya tomada. La proclamación: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor” (Ap. 11:15) es la declaración legal del Reino, una vez que el testimonio ha sido completado y vindicado. Por ello, la aparición del Arca del Pacto en el santuario celestial (Ap. 11:19) confirma que el juicio que sigue no es arbitrario, sino pactual: unos estarán cantando juntos con todos los redimidos de todos los tiempos el cántico de Moisés y del Cordero (Ap. 15:2–3), mientras sobre otros serán derramadas las copas de la ira (Ap. 16).
Shalom

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