Introducción: la oración de Daniel y el problema de la santidad sin Templo
L a oración de Daniel registrada en Daniel 9 surge en el contexto del exilio babilónico, cuando el profeta comprende, por medio de las Escrituras, que el tiempo de la desolación de Jerusalén se acerca a su fin (Dan 9:2; cf. Jer 25:11–12). Sin embargo, su súplica no se limita al retorno físico del pueblo a la tierra, sino que apunta a una preocupación mucho más profunda: la restauración de la santidad del pueblo delante de Dios.
Daniel ora por la ciudad y por el santuario que llevan el Nombre de Hashem (Dan 9:17–19). Para él y para la cosmovisión judeana de su tiempo, no existía santidad nacional sin Templo, ni justificación delante de Dios sin el sistema sacerdotal establecido en la Torá. El exilio no solo había significado pérdida territorial, sino la interrupción del culto, de los sacrificios y del sacerdocio, es decir, de los medios por los cuales el pueblo podía ser declarado limpio delante de Dios.
La preocupación de Daniel era ¿cuando podrá el pueblo volver a estar santificado delante de Dios?
I. La santidad en el sistema levítico: sacrificio, expiación y presencia divina
En el sistema levítico, la santidad no es una abstracción moral, sino una condición relacional y cultural. Ser santo implicaba estar separado para Dios y, al mismo tiempo, ritualmente apto para permanecer en Su presencia (Lev 19:2; 20:26). Esta condición se sostenía por medio de los sacrificios.
En este marco, la expiación no eliminaba definitivamente el pecado, sino que lo cubría, restaurando temporalmente la relación entre Dios y Su pueblo. Por ello, la súplica de Daniel apunta a la reinstauración de ambos sacrificios: el holocausto continuo, para preservar la presencia de Dios, y la ofrenda por el pecado, para cubrir las culpas particulares y permitir que el pueblo vuelva a presentarse puro delante de Él.
II. El decreto de las setenta semanas: el tiempo concedido para la restauración
La respuesta divina a la oración de Daniel no es una promesa indefinida de restauración, sino un decreto con límites temporales precisos. Gabriel anuncia que setenta semanas han sido determinadas “sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad” con un propósito específico (Dan 9:24).
Estas semanas no solo señalan un período de restauración, sino también el marco dentro del cual debe ser tratada la raíz del problema: la rebeldía (pésha‘). A diferencia del pecado cometido por ignorancia o debilidad, la rebeldía describe una transgresión consciente y deliberada del pacto (cf. Núm 15:30–31). Es una insurrección espiritual, una negativa voluntaria a someterse al reinado de Dios.
La historia previa al exilio confirma esta condición del pueblo (2 Rey 17:13–18; Jer 11:10). Por ello, aunque Dios concede un tiempo para restaurar la santidad nacional, ese tiempo es limitado. Las setenta semanas señalan que el sistema que sostenía esa santidad no sería eterno.
III. Las sesenta y nueve semanas: retorno, reconstrucción y dominio imperial
El decreto se despliega en dos períodos iniciales: siete semanas y sesenta y dos semanas (Dan 9:25). El primer período corresponde a la restauración inicial del Templo, del sacerdocio y del culto, bajo el estímulo profético de Hageo y Zacarías (Esd 5:1–2; Hag 1:7–8; Zac 4:6–9).
Estas sesenta y nueve semanas cubren el tránsito del dominio medo-persa al dominio griego, imperios representados simbólicamente en las visiones de Daniel como bestias (Dan 7:5–6). En este período, el pueblo experimenta tanto benevolencia como opresión, culminando en el intento helenista de erradicar la Torá, los sacrificios y la identidad del pueblo (Dan 8:11–13). Frente a esta crisis, Dios guarda silencio.
IV. La semana setenta: el corte del mesías del pueblo y el fin del sistema sacrificial
Daniel 9:26 introduce la semana final con la afirmación: “Y después de las sesenta y dos semanas se quitará el mesías”. En este contexto, el mesías no se refiere a Yeshúa, sino al ungido del pueblo: el Templo, símbolo de la santidad nacional. La expresión “y no habrá nada para él” indica que cesarán los sacrificios y el sacerdocio levítico.
Gabriel anuncia que la ciudad y el santuario serán destruidos por el representante (nagíd) de un pueblo que aún no existía en tiempos de Daniel. Esta profecía anticipa la irrupción del Imperio Romano, identificado con la cuarta bestia de Daniel 7:7.
La destrucción sería “como una inundación”, imagen que describe la llegada abrumadora del ejército romano. Este evento comienza con el asedio de Jerusalén en el año 66 d.C. y culmina con la destrucción del Templo en el año 70 d.C., cumpliendo las palabras de Yeshúa: “No quedará aquí piedra sobre piedra” (Mat 24:2; Mar 13:2; Luc 21:6).
V. El cumplimiento total del decreto: guerra, desolación y cierre de las setenta semanas
Gabriel declara que “hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones” (Dan 9:26). La guerra no concluye con la caída de Jerusalén, sino con la destrucción de los últimos focos de resistencia, especialmente la fortaleza de Masada en el año 73 d.C.
Daniel 9:27 describe el intento del líder romano de confirmar un pacto con muchos durante una semana, aludiendo a los esfuerzos de negociación encabezados por el general romano Tito Vespaciano. Al fracasar estos intentos, “a la mitad de la semana” cesan el sacrificio y la ofrenda, cuando el Templo es destruido.
La entrada de los estandartes romanos en el recinto sagrado constituye la abominación desoladora anunciada por Daniel y retomada por Yeshúa como señal para huir (Dan 9:27; Mat 24:15–16; Luc 21:20–21). Con esto, el decreto de las setenta semanas se cumple en su totalidad.
VI. La coherencia profética de Daniel 7, 9 y 12
Leídos conjuntamente, Daniel 7, 9 y 12 revelan una estructura profética unificada.
Daniel 7 presenta el conflicto entre los imperios y el pueblo santo, culminando con el juicio divino y la entrega del reino al Hijo de Hombre (Dan 7:13–14, 26–27).
Daniel 9 explica que las 70 semanas es el tiempo limitado durante el cual la santidad nacional basada en el Templo podía existir. La destrucción del santuario no representa la derrota de Dios, sino el cumplimiento de Su decreto.
Daniel 12 describe lo que ocurre después de las 70 semanas. Se inicia un nuevo período, el Tiempo del Fin, un periodo que trae angustia sin precedentes para las congregaciones de Yeshúa,, simbolicamente representa la purificación del pueblo y la manifestación de los entendidos (Dan 12:1–3) en un tiempo simbóliico de 1290. En ese tiempo las palabras selladas comienzan a ser comprendidas y esto es después de las 70 semanas cuando el Templo ya no existe (Dan 12:4, 9–10).
Daniel 12 explica que adicional al tiempo que comprende los 1290 días, habrá un periodo simbólico de 1,335 días y que será dichoso el que persevere en llegar a ese periodo. Este último periodo de tiempo terrenal se refiere al Milenio, cuando el reino esta entregado al Hijo del Hombre y con Él estaran todos los que perseveraron durante el Tiempo del Fin.
Conclusión
Las 70 semanas terminaron hace mas 2000 años y no habrá más santificación por templo de piedras, sino por el sacrificio vivo de cada creyente que consientemente sabe que es el Templo de Dios.
Daniel 12, revela que después de las 70 semanas empezó el Tiempo del Fin, que estamos viviendo y viviremos hasta el regreso de Mashiaj. Es el tiempo en el que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá la separación del trigo de la cizaña.
Finalmente los que hayan quedado como "trigo" reinaran junto con Yeshúa en el Milenio
Shalom.

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