En los capítulos siguientes el apóstol nos revelará que en la congregación hay dos tipos de creyentes: Los de cuerpo natural y los espirituales.
Voy a aprovechar para explicar a qué se refiere Pablo cuando dice “cuerpo natural”. El término "natural" proviene del griego psychikos (relacionado con la psique o psiquis). Se refiere a nuestro diseño biológico básico; es el cuerpo de carne, huesos y mente que recibimos como herencia del Adán “caído”.
Este cuerpo natural es el contenedor del hombre carnal. El término “carnal” viene del griego sarkikos, que significa perteneciente a la carne; no describe nuestra piel o nuestros órganos, sino una mente dominada por la naturaleza con la que entramos a la congregación.
El hombre carnal representa la configuración del ser interior que habita en el cuerpo natural; es el conjunto de pensamientos, sentimientos y prejuicios con los que un individuo ingresa a la congregación. Se manifiesta como un "yo" que, aunque escucha, no exhibe buen testimonio, comportándose como un niño inmaduro arrastrado por vientos de doctrina o por disgustos personales.
Su testimonio es la evidencia de su condición: celos, contiendas y divisiones que, según las Escrituras, lo posicionan en enemistad con Dios (Romanos 8:5-8, 1 Corintios 3:1-3). En última instancia, el hombre carnal es una conciencia cautiva en un cuerpo natural que camina hacia el polvo, pues su fuente de vida y sus motivaciones son puramente terrenales.
Por otro lado, surgen los creyentes espirituales: aquellos que maduran y se fortalecen en la emunah. Su entendimiento ha sido transformado mediante la Palabra de Dios y la revelación del Espíritu, la cual constituye la Mente de Mashiaj. No son "niños en la congregación", sino cuerpos naturales maduros cuya mente por el poder de la Mente de Yeshúa, está plenamente dispuesta a escuchar para obedecer. Su caminar se fundamenta en la esperanza de la promesa: alcanzar, finalmente, la plenitud del Cuerpo Espiritual.
El Cuerpo Espiritual es la herencia que recibirá el creyente espiritual al regreso de Yeshúa, representando el cumplimiento definitivo de la promesa de vida eterna. En ese momento, independientemente de si el creyente espiritual duerme o vive, será revestido con una nueva naturaleza: una mente perfecta en un cuerpo incorruptible. En este estado glorioso, la conciencia y la estructura física constituirán una sola unidad indivisible en Mashiaj, eliminando para siempre la dualidad entre el querer y el hacer.
Reflexión:
Mientras que el cuerpo natural es nuestra condición biológica de origen (aión), la carnalidad es la resistencia activa a ser transformados. El drama de Corinto —y el de muchos creyentes hoy— radica en que, habitando en un cuerpo natural, no perciben que solo están oyendo sin realmente escuchar para hacer. Peor aún es cuando ese oído se presta a doctrinas de hombres, provocando que la mente permanezca confinada en un envase que se resiste a la voluntad del Creador.
En el creyente espiritual, por el contrario, la carnalidad ha perdido su territorio. Aunque todavía habite en un cuerpo natural, su mente vibra en la misma frecuencia que la de Yeshúa, nutriéndose de Su conocimiento y sabiduría.
Esta sintonía se manifiesta en un testimonio irreprochable: ama con la misma naturaleza que Dios ama, mantiene la paz con todos y exhibe una paciencia inquebrantable ante las provocaciones. Su trato es amable y se distingue por ser una persona fiel a las ordenanzas de Mashiaj, actuando siempre con humildad y dominio propio. Estos frutos no son un esfuerzo humano, sino el resultado orgánico de un creyente que, estando en la misma frecuencia de la Mente de Mashiaj, es transformado de una condición carnal a una dimensión espiritual.
Quienes hemos sido llamados por Gracia nos congregamos como el Cuerpo de Mashiaj, perseverando en el crecimiento de nuestra emunah. El propósito fundamental es que Su Mente (Ruaj HaKodesh) sintonice con nuestra frecuencia y nos transforme mientras habitamos en este cuerpo natural, desplazando el ego con la esperanza del cumplimiento de la promesa: ser revestidos con un nuevo cuerpo y una mente semejantes a los de Yeshúa, para retornar finalmente a nuestro origen: La Jerusalén Celestial.
Por lo tanto, es inadmisible que un creyente espiritual siga viviendo en un cuerpo natural dominado por una mente carnal que se resiste a la instrucción de Yeshúa. La coherencia de nuestra fidelidad se mide en estas verdades: Si nuestro Reino no es de este mundo (Juan 18:36), ¿por qué seguimos contendiendo por las cosas de este mundo? Si Él nos mandó a no acumular tesoros en la tierra, sino en el cielo (Mateo 6:19-21), ¿por qué seguimos con el afán egoísta por acumular lo que es temporal? Si el cielo y la tierra pasarán (Mateo 24:35), ¿qué sentido tiene vivir aferrados a una realidad destinada a no existir más? Si Él cuida de Su creación (Mateo 6:26), y nosotros somos Su especial tesoro escogido por Gracia, ¿por qué permitimos que la ansiedad por el sustento diario gobierne nuestra paz?
Shalom

0 Comentarios