¿Somos salvos por fe?

 

Uno de los pasajes más citados cuando se habla de la salvación es Efesios 2:8-10. Tradicionalmente se enseña que Pablo afirma que somos salvos por nuestra fe. Sin embargo, al leer el pasaje dentro del contexto de toda la carta surge una pregunta importante:

¿Es realmente ese el énfasis del apóstol?

Para responderla debemos comenzar donde comienza Pablo.

Una humanidad espiritualmente muerta

Pablo escribe a creyentes de Éfeso, una ciudad profundamente marcada por la idolatría y el culto a Diana. Antes de conocer al Mesías, ellos vivían como cualquier otro ser humano:

"Y Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados..." (Efesios 2:1).

Su condición no era simplemente la de personas necesitadas de ayuda, sino la de muertos espiritualmente. Estaban separados de Dios, siguiendo la corriente de este mundo y acumulando delitos y pecados que los convertían en "hijos de ira" (Efesios 2:1-3).

Este punto es fundamental. Un muerto no puede darse vida a sí mismo.

Tampoco puede realizar obras para ganar el favor de Dios o subir "escalones al cielo". Si el hombre está muerto espiritualmente, toda iniciativa de salvación debe venir de Dios.

Pero Dios..."

Después de describir esa condición desesperada, Pablo introduce una de las expresiones más hermosas de toda la Escritura:

"Pero Dios, que es rico en misericordia..." (Efesios 2:4).

Con estas palabras la historia cambia completamente. No porque el hombre haya mejorado. No porque haya producido suficiente feNo porque haya realizado buenas obras

Sino porque Dios intervino movido por su gran amor y su inmensa misericordia, Él dio vida juntamente con el Mesías a quienes estaban muertos espiritualmente.

Sobre ese fundamento Pablo llega a la afirmación central:

"Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la pistis (fe); y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe." (Efesios 2:8-9).

¿Qué significa "esto no procede de ustedes"?

El pronombre "esto" no apunta únicamente a la gracia ni únicamente a la pistis, sino a toda la obra salvadora que Pablo acaba de describir.

En otras palabras, el rescate completo no nace del hombre. Procede enteramente de DiosEl hombre estaba muerto. Dios dio vida. El hombre no podía rescatarse. Dios tomó la iniciativa.

Por eso nadie puede jactarse de haber obtenido la salvación por sus propios méritos, ni pensar que basta con afirmar intelectualmente que Dios existe. La gracia nunca produce una fe estéril, sino una vida transformada que camina en la voluntad de Dios. De lo contrario, se cumplirá la advertencia de Yeshúa: 

"Muchos me dirán en aquel día: 'Señor, Señor...'", pero Él responderá: "Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de iniquidad".

¿Somos salvos por nuestra fe?

Aquí surge la pregunta que ha generado tanta discusión.

La palabra griega pistis suele traducirse como "fe". Sin embargo, dentro del pensamiento hebreo del que provenía Pablo, esa palabra está estrechamente relacionada con el concepto de emuná, que expresa fidelidad, firmeza y constancia mucho más que una simple convicción intelectual.

A la luz del contexto, el énfasis de Pablo "pistis", que tradujeron como "fe" , no parece estar en exaltar una capacidad espiritual del hombre, sino en mostrar que la salvación descansa completamente en la iniciativa de Dios. La gracia explica por qué Él concede un regalo inmerecido a quienes estaban muertos, y la fidelidad de Dios garantiza el cumplimiento de las promesas que hizo desde el principio. 

Por ningún lado el solo hecho de creer en Dios o un deseo humano, por más fuerte que se manifieste, produce salvación.

Esta comprensión armoniza con toda la historia bíblica. Moisés declara:

"Conoce, pues, que YHWH tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia..." (Deuteronomio 7:9).

Y siglos después el profeta Ezequiel anuncia:

"No lo hago por vosotros..., sino por mi santo Nombre... Os daré corazón nuevo, pondré dentro de vosotros mi Espíritu y haré que andéis en mis estatutos..." (Ezequiel 36:22-27).

Dios rescata porque es misericordiosoY cumple ese rescate porque permanece fiel a su pacto.

Entonces, ¿qué lugar ocupan las buenas obras?

Muchos terminan la lectura en el versículo 9, pero Pablo no había terminado su argumento. Inmediatamente añade:

"Porque somos hechura suya, creados en el Mesías Yeshúa para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas." (Efesios 2:10).

Este versículo responde una pregunta decisiva: 

¿Cuáles son esas obras que Dios preparó de antemano?

Pablo no necesitó explicarlo porque tanto él como sus lectores conocían las Escrituras. Cuando escribió esta carta, el único cuerpo de Escrituras reconocido como Palabra de Dios era el Tanaj. Por ello, las "obras preparadas de antemano" no pueden entenderse como una moral completamente nueva surgida en el siglo I, sino como la voluntad que Dios ya había revelado para su pueblo desde la antigüedad

Esa voluntad fue expresada mediante sus mitzvot (mandamientos), mishpatim (juicios) y juquim (estatutos), los cuales reflejan el carácter santo y justo de Dios. El Mesías no vino a abolir esa voluntad, sino a cumplirla plenamente y a hacer posible que su pueblo la viviera desde un corazón renovado por el Espíritu.

Por eso Ezequiel había anunciado que Dios pondría su Espíritu dentro de su pueblo para que anduviera en sus estatutos. Pablo está describiendo el cumplimiento de esa promesa.

Las buenas obras, por tanto, no son simplemente actos de bondad según los criterios del mundo moderno. Son toda la voluntad revelada por Dios para su pueblo, ahora vivida no como un medio para ganar la salvación, sino como el fruto natural de una nueva creación.

Dios no salva porque obedecemosDios nos salva para enseñarnos a obedecer. La obediencia no compra la salvaciónLa obediencia demuestra que Dios ya comenzó su obra en nosotros y la perfeccionará con Su regreso (Filipenses 1:6).

Conclusión

Volvamos a la pregunta inicial. ¿Somos salvos por nuestra fe?

A la luz del contexto de Efesios 2, el énfasis de Pablo no está en una capacidad espiritual del ser humano, sino en la iniciativa soberana de Dios. El hombre estaba muerto y no podía darse vida a sí mismo. Dios intervino por gracia, conforme a la fidelidad de sus promesas, y realizó el rescate que el hombre jamás habría podido alcanzar.

Por eso, la salvación no nace de nuestros méritos ni de nuestras obras; nace del amor, la gracia y la fidelidad inmutable de Dios.

La fidelidad del creyente después de ser escogido por gracia no produce la salvación; es la respuesta de quien ha sido vivificado por el Espíritu. Esa fidelidad se manifiesta al caminar en las obras que Dios preparó de antemano, siendo transformados a la semejanza del carácter del Mesías.

Así, la salvación, desde su origen hasta su consumación, es un regalo de Dios: nace de su gracia, descansa en su fidelidad y produce una vida transformada que aprende a caminar en obediencia para la gloria de Aquel que permanece fiel por los siglos.

Shalom







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